Investigación

¿Qué rasgos vemos en una cara cuando nadie nos da las palabras?

Un estudio en Nature Human Behaviour pidió a más de 3.400 personas ordenar rostros según su personalidad, sin adjetivos. Surgieron cinco dimensiones, encabezadas por un eje que va de la amenaza a la cercanía

Redacción El NeuromarketerEdición: Darío Treco1 de noviembre de 2026Lectura de 6 min
Las cinco dimensiones que surgieron al ordenar rostros sin palabras explicaron el 76 % de la variación de los juicios en el primer experimento
Las cinco dimensiones que surgieron al ordenar rostros sin palabras explicaron el 76 % de la variación de los juicios en el primer experimento

¿Qué ve la gente en la cara de un desconocido cuando nadie le da una lista de rasgos para calificar? Un estudio publicado el 19 de octubre en Nature Human Behaviour lo midió con más de 3.400 participantes de Estados Unidos, que ordenaron fotos de rostros en la pantalla sin ninguna palabra de por medio. Sus impresiones se organizaron en cinco dimensiones, y la principal, que va de la amenaza a la cercanía, explicó por sí sola el 27 % de la variación en los juicios del primer experimento.

Los autores son Yue Xu, Umit Keles y Ralph Adolphs, del Instituto de Tecnología de California (Caltech), y Chujun Lin, de la Universidad de Columbia.

El problema de las palabras

Las investigaciones sobre primeras impresiones suelen pedir a los participantes que califiquen rostros con adjetivos elegidos por el investigador: qué tan confiable, competente o dominante parece cada persona. Después, un análisis estadístico resume esas calificaciones en unas pocas dimensiones. En 2008, Nikolaas Oosterhof y Alexander Todorov encontraron dos en PNAS, valencia y dominancia, a partir de 13 palabras. En 2021, Lin, Keles y Adolphs hallaron cuatro en Nature Communications, con 100 palabras.

La objeción es de método: las dimensiones que aparecen dependen de las palabras que se ofrecen. Con dos adjetivos no pueden surgir más de dos dimensiones, y los resultados pueden reflejar cómo se relacionan las palabras en un idioma más que cómo se perciben las caras. El nuevo trabajo busca esquivar ese sesgo.

Cómo se hizo

La herramienta es la tarea de ordenamiento múltiple. En cada ronda, la pantalla mostraba un círculo blanco con entre tres y ocho rostros. La consigna era arrastrarlos de modo que quedaran cerca las personas que parecían parecidas en personalidad y lejos las que parecían distintas, según lo que cada participante infiriera. No se mencionaba ningún rasgo. Un algoritmo elegía las caras de la ronda siguiente para volver a comparar los pares que habían quedado demasiado juntos. Cada persona trabajó con 20 rostros durante 20 minutos de ordenamiento activo, unas 61 rondas en promedio en el primer experimento.

La distancia entre dos caras en la pantalla funciona como una medida de cuán distintas parecen. Al sumar todas las rondas de todos los participantes se obtiene una tabla con la distancia entre cada par de rostros. Sobre esa tabla se aplica el escalamiento multidimensional (MDS, por su sigla en inglés), que hace el camino inverso al de un mapa: a partir de las distancias entre ciudades, reconstruye dónde está cada una. Aquí ubica cada rostro en un espacio con el menor número de ejes que reproduzca bien las distancias. Para elegir cuántos ejes, los autores ocultaron una parte de los datos, la reconstruyeron con el resto y compararon: cinco ejes dieron el mejor resultado.

Las palabras entraron recién al final, para poner nombre a cada eje. Se compararon las posiciones de los rostros con las calificaciones que esas mismas caras habían recibido en 100 adjetivos en el estudio de 2021.

El primer experimento, de 2023, reunió a 1.751 adultos reclutados en línea, que ordenaron 100 fotos frontales, de expresión neutra, de adultos mayormente blancos. El segundo, de 2025, sumó 1.683 participantes (estudiantes de la Universidad de California en San Diego y adultos de dos plataformas en línea) y 96 rostros: la mitad de mujeres y un tercio de personas blancas, negras y asiáticas, con una muestra de participantes de composición parecida. Otras 331 personas calificaron esas 96 caras con palabras. Los dos experimentos se preregistraron.

Lo que encontraron

Aun sin palabras, la gente coincidió bastante en cómo agrupaba los rostros, y esas impresiones cupieron en cinco dimensiones. Al dividir a los participantes en dos mitades al azar, las tablas de cada mitad se parecían mucho: una correlación de 0,82 en una escala de 0 a 1. Cada persona por separado era menos consistente, algo esperable en una tarea difícil.

En el primer experimento, las cinco dimensiones explicaron el 76 % de la variación (27, 17, 12, 11 y 9 %). Los autores las interpretan así. La primera va de la amenaza a la cercanía: se asoció con adjetivos como «criminal» en un extremo y «afectuoso» en el otro. La segunda es una calidez que depende del género, que destaca los rasgos negativos más asociados con los rostros de mujeres, como «gruñona» o «celosa». La tercera es la competencia; la cuarta, la moralidad («humilde» frente a «condescendiente»), y la quinta, la juventud, más de carácter que de apariencia.

Las impresiones no eran un mero parecido físico. Las medidas de rasgos faciales, salvo el género y la base de datos de origen de cada foto, se relacionaron poco con los resultados, y una red neuronal entrenada para reconocer caras mostró una relación apenas moderada. Lo que más se pareció a los ordenamientos fueron las calificaciones con adjetivos.

El segundo experimento volvió a dar cinco dimensiones, pero con un fuerte peso de los estereotipos raciales. La primera separaba sobre todo rostros blancos y negros. La segunda unía feminidad con cercanía y calidez; la tercera combinaba estereotipos sobre las caras asiáticas con juventud y feminidad. Incluso en el primer experimento, las caras juzgadas como más o menos blancas se repartieron de forma distinta en cuatro de las cinco dimensiones.

Para los autores, la cercanía o calidez aparece como un factor de evaluación universal, que integra en un solo juicio global lo que los estudios con palabras separan en confianza, calidez y competencia.

Qué tan firme es

Las muestras son grandes, el resultado de cinco dimensiones se repitió con dos conjuntos de rostros y se sostuvo con distintas variantes del análisis. Hay una desviación del preregistro: estaba previsto un análisis factorial y se usó MDS, más adecuado para datos de distancias. Los nombres de las dimensiones son interpretaciones de los autores.

Qué significa para las marcas

Lo que sigue es una lectura de El Neuromarketer, no de los autores, que no estudiaron publicidad: la primera impresión de un rostro desconocido parece ser global, cercana o amenazante, antes que una suma de rasgos separados. Para elegir el rostro de una campaña o un portavoz, eso relativiza los tests que piden calificar candidatos en una lista de adjetivos, porque obligan a distinguir lo que la gente quizás no distingue por sí sola.

La tarea de ordenamiento sin palabras puede servir como complemento para comparar rostros posibles. Pero el estudio también deja una advertencia: las impresiones arrastran estereotipos de género y de raza, y cambian según qué otras caras se comparen. Además, como recuerdan los autores, estos juicios suelen ser inexactos: dicen poco sobre la persona y bastante sobre los prejuicios de quien mira.

Los límites

Ni esta tarea ni las calificaciones con palabras reproducen cómo se forman las impresiones en la vida real. Los participantes pudieron pensar en palabras sin decirlo. Como cada persona vio solo 20 caras, todos los análisis usan datos agregados, lo que puede inflar el tamaño de los efectos. Las fotos eran frontales, neutras, sin voz ni movimiento, y de personas de unos 20 a algo más de 40 años. Todos los participantes vivían en Estados Unidos, y las comparaciones con dos de los estudios anteriores son indirectas.

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