Una voz de hombre no hace más gracioso un chiste, según un preprint
En un estudio con 966 participantes, las mismas bromas, contadas con voces de IA que solo cambiaban de género, recibieron la misma calificación. Es un preprint, todavía sin revisión por pares

Un preprint publicado el 29 de octubre en PsyArXiv, todavía sin revisión por pares, puso a prueba un estereotipo extendido: que una broma resulta más graciosa si la cuenta un hombre. Con 966 participantes y voces generadas con inteligencia artificial, que permitieron cambiar el género aparente de quien habla sin tocar el ritmo ni la entonación, la respuesta fue negativa. Las mismas frases recibieron prácticamente la misma calificación con voz masculina o femenina, y el análisis aporta evidencia fuerte de que no hay diferencia.
La autora es Amy A. Z. Zhao, de la Universidad Libre de Ámsterdam, que firma sola el trabajo. Los datos se recogieron en 2024 en la Universidad de Queensland, en Australia, con un financiamiento de 750 dólares australianos de su escuela de Psicología.
El problema de la entonación
Que la gente atribuye el humor a los hombres está documentado. En 2012, Laura Mickes y colegas mostraron en Psychonomic Bulletin & Review que los participantes recordaban como escritos por hombres los epígrafes graciosos de unas viñetas y como escritos por mujeres los poco graciosos. Hooper y colegas replicaron el patrón en 2016, en Translational Issues in Psychological Science. Y un metaanálisis de Gil Greengross, Paul Silvia y Emily Nusbaum, publicado en 2020 en el Journal of Research in Personality, encontró una ventaja de pequeña a moderada para los hombres en tareas de producción de humor.
Ninguno de esos trabajos responde si el mismo material, dicho igual, hace más gracia en boca de un hombre. Comparar a un actor con una actriz no sirve, porque cada uno cuenta distinto: la pausa, el énfasis y el tono cambian el remate. El estudio usa la IA para separar esas dos cosas.
Cómo se hizo
Primero, la autora pidió a 21 conocidos que calificaran 33 chistes de una línea que podría decir una persona de cualquier género. Eligió los 12 mejor calificados entre los que menos de 5 de esos 21 consideraron ofensivos.
Segundo, generó las grabaciones con dos voces estadounidenses de la empresa ElevenLabs, una masculina («Chris») y otra femenina («Matilda»), y ajustó los tiempos para mejorar el remate.
Tercero, usó una herramienta de conversión de voz a voz para transformar cada grabación de Chris en la voz de Matilda y viceversa. La conversión cambia el timbre y conserva la interpretación: el ritmo, las pausas y la entonación.
Cuarto, repartió a los participantes al azar en cuatro grupos, según la voz original y la voz que finalmente escuchaban. Cada persona oyó una sola voz y calificó las 12 frases de 1 («nada gracioso») a 7 («muy gracioso»). Después escuchó una oración neutra con esa voz y la evaluó en atractivo, confianza, calidez, competencia, carisma y masculinidad. Esta última servía para comprobar que el cambio de género se percibía.
Los participantes llegaron por Prolific (597), por el registro de estudiantes de primer año de la universidad (135) y por volantes, Reddit y Facebook (234). De 1.126 respuestas quedaron 966 válidas: 535 mujeres, 396 hombres y 35 personas no binarias o que prefirieron no decirlo. El 91 % vivía en países occidentales de habla inglesa. El diseño y el análisis se preregistraron.
Lo que encontraron
El género aparente de la voz no cambió cuánta gracia hacían las frases. La diferencia estimada entre la voz masculina y la femenina fue de −0,03 puntos en la escala de 1 a 7, con un intervalo de confianza del 95 % que va de −0,19 a 0,13 y que, por lo tanto, incluye el cero. El factor de Bayes, que compara qué tan bien explican los datos la hipótesis de un efecto y la de ningún efecto, fue de 0,023: los datos resultan más de 40 veces más compatibles con la ausencia de diferencia.
La manipulación funcionó. Quienes escucharon la voz masculina la calificaron con 5,68 en masculinidad, y quienes oyeron la femenina, con 1,90. Tampoco hubo diferencias según el género de quien escuchaba: hombres y mujeres reaccionaron igual ante una y otra voz. Los hombres, eso sí, dieron en promedio 0,39 puntos más a todas las frases, y el material resultó apenas algo gracioso, con un promedio de 3,15.
Las creencias fueron por otro lado. El 33 % de los hombres y el 10 % de las mujeres dijeron que los hombres son más graciosos, aunque la mayoría respondió que ambos lo son por igual. Quienes tenían sobre todo amigos varones coincidieron más con la frase «ser gracioso es un rasgo masculino». Pero esas creencias no se relacionaron con las calificaciones.
En un análisis exploratorio, la voz que sonaba masculina pareció algo más segura que la femenina (0,18 puntos). La voz masculina convertida en femenina perdió carisma frente a la original (0,69 puntos), algo que no ocurrió en la conversión inversa.
Qué tan firme es
El resultado principal descansa en un diseño preregistrado, una muestra mayor que la prevista (900) y un análisis bayesiano que no se limita a no encontrar diferencias: indica que es más probable que no las haya. Pero es un preprint de una sola autora, con una voz por género y un único estudio.
El texto tiene además una discrepancia que la revisión por pares debería aclarar. La discusión afirma que las voces transformadas parecieron menos atractivas y que la voz femenina creada a partir de la masculina pareció menos cálida. La sección de resultados no informa esos contrastes: solo dice que el género aparente no tuvo otros efectos significativos sobre calidez, competencia y atractivo, y remite al material suplementario.
Qué significa para las marcas
Lo que sigue es una lectura de El Neuromarketer, no de la autora, que no estudió publicidad: en un aviso con humor, el género de la locución no parece hacer, por sí solo, más ni menos gracioso el texto. El estudio mantuvo fija la interpretación, de modo que no mide cuánto pesa cómo se cuenta.
La interpretación, en cambio, sí dejó huellas en la impresión sobre quien habla. Según la autora, la de la voz original cambió la masculinidad percibida, y los efectos exploratorios sobre seguridad y carisma sugieren que el ajuste entre voz e interpretación puede modificar cómo se percibe al locutor, aunque no la gracia del material.
El método también interesa a quien investiga. La conversión de voz a voz permite comparar dos locutores con exactamente la misma interpretación, algo imposible con dos personas reales, y aislar así el efecto de la voz en un pretest.
Los límites
Hubo una voz por género, con acento estadounidense, y no se preguntó si los participantes creían que era una persona real. Una tercera voz femenina se descartó por no ser adecuada para el humor. Las frases tenían un estilo provocador, asociado a un humor más masculino, y la mayoría eran de comediantes varones. Se escucharon sueltas, sin imagen, sin marca y sin el contexto de un aviso.