Ciencias del comportamiento

La comida preferida se resiste a cambiar de valor; la rechazada, no

Un experimento preregistrado con 279 personas encontró que asociar consecuencias negativas a un alimento que gusta cuesta más que asociar premios a uno que desagrada, y que los premios se aprenden mejor que los castigos

Redacción El NeuromarketerEdición: Darío Treco23 de octubre de 2026Lectura de 6 min
Precisión con los alimentos preferidos cuando traían premios (0,78) y cuando traían castigos (0,55), en quienes empezaron con sus gustos confirmados
Precisión con los alimentos preferidos cuando traían premios (0,78) y cuando traían castigos (0,55), en quienes empezaron con sus gustos confirmados

Cuando un alimento que gusta empieza a anunciar algo malo, cuesta aprenderlo. En un experimento en línea con 279 adultos, quienes comenzaron con una regla que confirmaba sus gustos acertaron en el 78 % de los ensayos con sus alimentos preferidos cuando esos alimentos traían premios. Cuando la regla se invertía y traían castigos, los aciertos cayeron al 55 %. Con los alimentos que les desagradaban, en cambio, el aprendizaje se acomodó a la regla con la que habían empezado. El estudio, de Alexandra Rich, Sohum Kapadia, Ryan Henry, Ohad J. Dan e Ifat Levy (Universidad Yale), se publicó en Communications Psychology el 9 de octubre.

Una tarea que invierte el premio

Los participantes, reclutados en Prolific, calificaron primero 65 imágenes de snacks de Food Folio, una base de imágenes del Centro de Trastornos Alimentarios de la Universidad Columbia. De esas calificaciones salieron cuatro alimentos por persona: uno que le gustaba mucho, uno que le gustaba, uno que le disgustaba y uno que le disgustaba mucho. Las calificaciones no se relacionaron con las calorías: la tarea trabaja con el gusto de cada uno.

Después, cada alimento aparecía en pantalla y había que anticipar si lo seguirían 5 puntos a favor o 5 en contra. En los bloques «congruentes», lo que gustaba traía puntos a favor el 90 % de las veces y lo que disgustaba, puntos en contra; en los «incongruentes», la relación se invertía. Hubo seis bloques, tres de cada tipo, de 32 a 36 ensayos, y la mitad de los participantes empezó por uno congruente. Sabían que la relación cambiaría varias veces, pero no cuándo, y cobraban un bono si acertaban en al menos el 75 % de los ensayos.

Lo que encontraron

En conjunto, la precisión fue mayor en los bloques congruentes (0,68) que en los incongruentes (0,61). Lo que los autores no esperaban fue el peso del primer bloque. Quienes empezaron con sus gustos confirmados rindieron 0,73 en los bloques congruentes y 0,59 en los incongruentes; quienes empezaron con la regla invertida rindieron 0,62 en ambos. Confirmar los gustos al comienzo elevó el rendimiento promedio, pero esa ventaja vino solo de los bloques que coincidían con las preferencias: el aprendizaje se volvió menos flexible.

La rigidez se concentró en los alimentos preferidos. En los dos grupos, la precisión con esos alimentos cayó cuando la regla los castigaba: de 0,78 a 0,55 en un caso y de 0,68 a 0,57 en el otro. Con los alimentos que desagradaban, el resultado dependió del punto de partida. Quienes empezaron con la regla congruente acertaron más cuando esos alimentos traían puntos en contra (0,69 frente a 0,63); quienes empezaron con la invertida, cuando traían puntos a favor (0,68 frente a 0,57).

Apareció además una asimetría general: las asociaciones con premios se aprendieron mejor que las asociaciones con castigos (0,69 frente a 0,61), cualquiera fuera el alimento o el bloque. Ocurrió aunque los puntos no valían nada, porque el bono dependía solo de acertar.

El aprendizaje dejó también una marca en la valoración. En el grupo que empezó con la regla invertida, los alimentos que desagradaban subieron después de la tarea en disposición a pagar, disfrute y satisfacción esperada, con efectos pequeños (d de Cohen de entre 0,21 y 0,22).

Qué tan firme es

El diseño tiene una virtud poco habitual. Los análisis se hicieron primero en una cohorte de 106 personas, se preregistraron el 30 de enero de 2025 y se pusieron a prueba en una segunda cohorte de 173. La interacción entre el tipo de bloque y el bloque inicial apareció en las dos. Conviene leer el preregistro en ese orden: las hipótesis surgieron de explorar los datos de la primera cohorte, y la segunda funciona como su replicación. Los autores declaran desvíos del plan, como el reemplazo de pruebas t por pruebas no paramétricas, y publicaron datos y código en OSF.

Los efectos son de pequeños a moderados: el del tipo de bloque tuvo un η² parcial de 0,057, y el del bloque inicial, de 0,015. Los propios autores advierten que el aprendizaje general fue bajo, aunque la regla se cumplía en el 90 % de los ensayos y las instrucciones eran explícitas.

El trabajo dialoga con dos antecedentes conocidos. En 2009, Todd Hare, Colin Camerer y Antonio Rangel estudiaron en Science a personas a dieta. En quienes lograban autocontrol, la señal de valor de la corteza prefrontal ventromedial reflejaba tanto el sabor como la salud de los alimentos; en las demás, sobre todo el sabor. En 2014, Tom Schonberg y colegas informaron en Nature Neuroscience que un entrenamiento que asociaba snacks a una señal sonora y a una respuesta motora aumentaba su elección sin premios externos. Rich y sus colegas aclaran que su tarea exige algo distinto y más difícil: invertir de manera explícita el signo del valor, del premio al castigo y al revés.

Qué significa para marcas y mensajes de salud

El hallazgo toca dos problemas de comunicación. El primero es la dirección del cambio: en la tarea costó más asociar algo negativo a lo que ya gustaba que asociar algo positivo a lo que no gustaba. Los autores lo traducen en clave de dieta: podría ser más fácil sumar un alimento poco querido que dejar uno preferido. Para una campaña que busca restar atractivo a un producto muy apreciado, el resultado anticipa resistencia; para una marca que intenta revertir un rechazo, sugiere un margen mayor del que se suele suponer.

El segundo es el encuadre de los mensajes de salud. A partir de la ventaja de los premios, los autores especulan que destacar los beneficios de un alimento podría influir más en el aprendizaje que advertir sobre sus daños. El estudio no comparó mensajes.

Ninguna de estas lecturas se probó aquí: los alimentos eran imágenes, las consecuencias eran puntos sin valor y nadie comió ni compró nada. Lo que el experimento muestra es cómo se aprende una asociación en una tarea de laboratorio, no cómo cambia una preferencia frente a un estante.

Los límites

Los autores enumeran varios. No hubo una condición de referencia con estímulos neutros, como formas geométricas, así que no se sabe si empezar con los gustos confirmados empeora el aprendizaje o si empezar con la regla invertida lo mejora. Tampoco pueden afirmar que el efecto sea propio de la comida: podría aparecer con otros objetos sobre los que la gente tiene preferencias, como equipos deportivos o políticos. Los puntos eran probablemente menos salientes que las imágenes, la selección de los alimentos se hizo con una sola escala de agrado y faltó una medida de la confianza en cada respuesta.

Hubo además un hallazgo exploratorio sobre atracones. Entre quienes empezaron con la regla congruente, una puntuación más alta en la Escala de Atracones se asoció con menos aciertos al aprender premios para los alimentos que desagradaban (r = −0,197). Los autores lo califican de débil y advierten que surge de comparaciones múltiples, así que no alcanza para describir cómo aprenden las personas con atracones.

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