Investigación

Las advertencias en el alcohol se aceptan, pero se piensan para otros

Un preprint con 994 adultos británicos encontró amplia aceptación de etiquetas con advertencias o calorías como las que prepara Irlanda. Pocos creían que a ellos les harían beber menos; más lo creían de los demás

Redacción El NeuromarketerEdición: Darío Treco24 de octubre de 2026Lectura de 6 min
Proporción que creyó que la etiqueta podría motivar a beber menos: a uno mismo (entre 36 % y 44 % según el grupo) y a los demás (entre 59 % y 65 %)
Proporción que creyó que la etiqueta podría motivar a beber menos: a uno mismo (entre 36 % y 44 % según el grupo) y a los demás (entre 59 % y 65 %)

La mayoría acepta que el alcohol lleve advertencias sanitarias o información calórica, pero pocos creen que eso cambie su propio consumo. En un experimento en línea con 994 adultos del Reino Unido, entre el 77,8 % y el 86 % de cada grupo se mostró a favor de etiquetas basadas en las que Irlanda planea exigir. En cambio, solo entre el 36 % y el 44 % estuvo de acuerdo en que la etiqueta podría motivarlo a beber menos, frente a entre el 59 % y el 65 % que lo creyó posible para los demás. El trabajo, de Natasha Clarke, Arsha Kaur y Dilara Yilmaz (Universidad Bath Spa), James P. Reynolds (Universidad de Aston) y Gareth J. Hollands (University College London), es un preprint publicado en PsyArXiv el 22 de octubre y todavía no tiene revisión por pares.

Tres etiquetas, con y sin imagen

Los participantes, reclutados en Prolific en septiembre de 2025 con cuotas de edad, género y etnia, se repartieron al azar en seis grupos. Cada grupo evaluó una política: advertencias sanitarias, información de calorías o ambas en una misma etiqueta, descrita solo con texto o con una imagen de ejemplo junto a una cerveza o un vino, según la bebida que cada persona prefería. Todas las versiones incluían la advertencia sobre el embarazo, que ya aparece en muchos envases. Las advertencias eran de texto, sobre enfermedad hepática y cáncer, y las calorías se daban por porción.

La medida principal fue la aceptabilidad: el promedio de dos preguntas, en una escala de 1 a 7, sobre si se apoyaría la política y si resultaría aceptable. Además, se preguntó si la etiqueta podría motivar a beber menos a uno mismo y a los demás, y si podría tener efectos dañinos en ambos casos. El protocolo y el plan de análisis se preregistraron en OSF, y los datos y el código son abiertos.

Lo que encontraron

Las advertencias sanitarias fueron algo menos aceptadas que las calorías (d = 0,23), aunque todas las versiones quedaron del lado favorable de la escala, con promedios de 5,25 a 5,70. La etiqueta combinada no se diferenció de las otras dos, de modo que sumar la advertencia a las calorías no restó aceptación. Mostrar la imagen tampoco cambió la aceptabilidad.

Ese último resultado matiza una sospecha previa. Trabajos anteriores habían registrado 78 % de apoyo cuando se describía una advertencia gráfica y 34 % cuando se mostraba la etiqueta, y se pensaba que ver una advertencia diseñada para generar emociones negativas restaba apoyo. Aquí, con advertencias de texto, verla no lo restó. Los autores atribuyen la brecha anterior a diferencias de muestra y de método.

La distancia entre uno mismo y los demás apareció en todas las condiciones. Los promedios de efectividad percibida para uno mismo fueron de 3,80 a 4,05, alrededor del punto medio de la escala, y para los demás, de 4,34 a 4,52. Los comentarios abiertos, que dejaron 988 participantes, van en la misma línea: el 49 % destacó que las etiquetas informan, pero el 32 % dijo que no cambiarían el consumo. Solo el 7 % se opuso de forma explícita.

Los daños percibidos fueron bajos: en ningún grupo pasó del 10 % la proporción que creyó que la etiqueta podría perjudicar a alguien. Aun así, el 9 % de los participantes de los grupos con calorías solas mencionó el riesgo para personas con trastornos alimentarios.

Qué tan firme es

El diseño es adecuado para comparar etiquetas entre sí: asignación aleatoria, preregistro, una muestra calculada para detectar diferencias pequeñas (d = 0,2) y análisis no paramétricos que confirmaron los resultados. Pero los efectos son pequeños (el tipo de etiqueta explica alrededor del 1 % de la varianza en la aceptabilidad), y para algunas interacciones sobre los daños percibidos los propios autores no encuentran una explicación plausible. Hay además valores que no coinciden entre el texto y las tablas: el efecto de la imagen sobre la aceptabilidad figura con F = 0,63 en el texto y con F = 1,19 en la tabla.

La brecha entre uno mismo y los demás coincide con lo que la investigación en comunicación llama efecto de tercera persona, y con un trabajo de 2014 de James Cornwell y David Krantz, citado por los autores, según el cual la gente tiende a creer que una política funciona mejor con otros que consigo misma. Tiene también una explicación más simple, que el artículo menciona: la mayoría de los participantes eran bebedores de bajo riesgo (entre el 80 % y el 87 % por grupo, según el cuestionario AUDIT-C), que pueden no ver motivo para cambiar.

Qué significa para las marcas

Irlanda planea exigir en los envases una etiqueta que combina advertencia sanitaria, calorías y aviso sobre el embarazo; su entrada en vigor se postergó de 2026 a 2028. El estudio sugiere que, al menos en el Reino Unido, una medida así no enfrentaría un rechazo amplio del público, y que mostrarla no la vuelve menos aceptable. Para la industria, eso indica que la resistencia a este tipo de etiquetas difícilmente vendrá del consumidor.

Lo que el estudio no dice es qué pasa frente al estante. El mismo grupo había probado antes el efecto sobre la elección. En un laboratorio de compras con apariencia de tienda real, en un trabajo publicado en Addiction en 2021, las advertencias no cambiaron con claridad la proporción de bebidas alcohólicas elegidas, y las que tenían imagen resultaron menos aceptadas que las de solo texto. En un ensayo de 2023, en la misma revista, los participantes elegían en un supermercado en línea simulado y luego compraban en uno real, y ni las advertencias ni las calorías redujeron con claridad las unidades de alcohol seleccionadas.

Que el público acepte la etiqueta y piense que funciona con otros es compatible con esos resultados. Para quien comunica en la categoría, la lectura es doble: la etiqueta obligatoria tiende a recibirse como información razonable, y la mayoría no la percibe como algo que vaya a cambiar su propio hábito.

Los límites

No hubo un grupo de control con el etiquetado actual, así que el estudio compara etiquetas entre sí, pero no dice cuánto más o menos aceptables son que lo que ya existe. Lo que se midió es la opinión declarada sobre una política, no la compra ni el consumo. La muestra fue mayormente de bebedores de bajo riesgo y con un nivel educativo alto, y las advertencias eran de texto, no las gráficas, que tienden a despertar reacciones más fuertes. Las etiquetas, además, se adaptaron al público británico: se omitió el enlace a un sitio web que lleva la versión irlandesa y se informó el peso de la bebida en lugar de los gramos de alcohol.

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