La mala fama del músico le resta agrado a su canción; la etiqueta de IA, no
En un experimento preregistrado con 400 personas, leer que el autor maltrató a otros bajó el agrado y la emoción ante canciones desconocidas. Decir que las había creado una IA no tuvo un efecto medible

Lo que una persona sabe de quien hizo una canción cambia, un poco, lo que siente al escucharla. En un experimento con 400 participantes de Estados Unidos y el Reino Unido, leer que el autor había maltratado a otras personas bajó unos 7 puntos, en una escala de 0 a 100, cuánto gustaba la canción. También redujo la belleza percibida y la emoción. En cambio, una biografía ejemplar no sumó nada, y decir que la canción la había creado una inteligencia artificial no tuvo un efecto medible.
El estudio se publicó el 7 de octubre en Royal Society Open Science. Lo encabezan Abbigail M. Fleckenstein y Jonna K. Vuoskoski, del centro RITMO de la Universidad de Oslo, con investigadoras de Polonia, Finlandia y Estados Unidos. Las hipótesis y el plan de análisis se registraron antes de recoger los datos.
La pregunta toca dos asuntos que la publicidad conoce de cerca: qué pasa con una pieza cuando su artista o embajador queda envuelto en un escándalo, y si importa que el público sepa que la música se hizo con IA.
Cómo se hizo
Los 400 participantes, de entre 19 y 83 años, se reclutaron en Prolific, una plataforma en línea de participantes remunerados, y respondieron en mayo de 2025. Para que no adivinaran el objetivo, se les dijo que el estudio trataba sobre música y memoria de corto plazo.
Cada persona pasó por tres rondas. En cada una leía una breve biografía del creador de la canción y después la escuchaba. Una de las biografías era moral, otra inmoral y otra neutra, en orden aleatorio. La inmoral describía, por ejemplo, a un músico de folk pop de Oslo, de 38 años, con una gira anual muy querida, acusado por jóvenes aspirantes que trabajaban en sus escenarios de manipulación emocional, maltrato verbal e intimidación física. Las conductas buenas y malas tenían que ver siempre con el cuidado de los demás.
La otra variable se repartió entre grupos. A la mitad de los participantes se les dijo que el creador era un músico; a la otra mitad, que era un modelo de IA generativa con biografías equivalentes. La IA moral, por ejemplo, componía canciones para acompañar el duelo y se usaba en más de 50 clínicas de salud mental de Noruega. Además, la mitad escuchó las canciones con voz masculina y la otra mitad, con voz femenina.
Las canciones fueron tres temas pop desconocidos, libres de regalías. Los investigadores tradujeron las letras al noruego, las hicieron grabar y aplicaron clones de voz generados por IA para obtener una versión masculina y otra femenina de cada tema. El noruego evitaba que la letra interfiriera: los participantes confirmaron que no lo entendían.
Después de cada canción, los participantes calificaron de 0 a 100 lo que habían sentido. Usaron la escala GEMS-9, diseñada para las emociones que despierta la música (asombro, trascendencia, calma, ternura, nostalgia, poder, activación alegre, tristeza y tensión), y cinco preguntas más: cuánto los había emocionado, cuán bella les parecía, cuánto les gustaba, cuán conectados se sentían con ella y cuán creativa la encontraban. Se descartaron 68 de las 1.200 rondas, el 5,7 %, en que la persona falló una pregunta de control sobre la biografía.
El análisis usó modelos mixtos, que separan el efecto de la biografía de que cada persona califica con su propia vara y cada canción gusta más o menos de por sí. Como se compararon muchas medidas, los resultados se corrigieron para no acumular falsos positivos.
Lo que encontraron
Una biografía inmoral bajó las valoraciones de la canción en casi todas las medidas. Comparada con la biografía neutra, a los participantes la canción les gustó 7,2 puntos menos, les pareció 6,5 puntos menos bella, se sintieron 6,9 puntos menos conectados con ella y 5,4 puntos menos emocionados. La única medida que no cambió de manera significativa fue la inquietud, que reúne tristeza y tensión.
La biografía ejemplar, en cambio, no mejoró ninguna calificación respecto de la neutra. Los autores lo atribuyen a la asimetría negativa, bien documentada en psicología (lo malo de una persona pesa más que lo bueno de igual importancia), o a que presentarse como músico ya sugiere a alguien sensible y bien intencionado.
La etiqueta de IA no movió ninguna medida una vez hecha la corrección estadística. Tampoco cambió el efecto de la biografía según el creador fuera humano o IA, ni influyó la voz masculina o femenina.
Qué tan grande es el efecto
Es un efecto real pero pequeño. La biografía y la etiqueta, juntas, explican entre el 0,3 % y el 1,4 % de las diferencias entre las respuestas. La mayor parte de esas diferencias se explica por otra cosa: cada persona y cada canción tienen su propio nivel. Al sumar ese factor, los modelos explican entre casi la mitad y dos tercios de la variación.
El resultado se sostuvo al excluir a 16 participantes que adivinaron el verdadero objetivo del estudio, salvo en la de vitalidad, que reúne poder y activación alegre. Los autores se apartaron del plan registrado en dos puntos técnicos (la estructura del modelo y la corrección por comparaciones múltiples) y lo informan.
Qué significa para las marcas
Para la publicidad, el estudio extiende a la música algo que ya se había visto con la pintura: la mala reputación de quien firma una obra se traslada, en parte, a la experiencia de esa obra. Que el efecto aparezca con canciones desconocidas, en un idioma que nadie entendía y con biografías leídas un momento antes, sugiere que no hace falta conocer al artista para que su conducta pese.
El antecedente más cercano es de 2024. Kaube y Abdel Rahman mostraron en Scientific Reports que las pinturas de artistas con una biografía negativa gustaban menos y se juzgaban de menor calidad, y que esa información alteraba incluso la actividad cerebral temprana ligada a la percepción. El estudio nuevo agrega un matiz: la buena reputación no sumó. Si el patrón se extendiera a la publicidad, algo que el estudio no probó, para un embajador el escándalo restaría más de lo que suma una trayectoria intachable.
Sobre la música hecha con IA, el resultado choca con trabajos previos. En 2023, Shank y colegas encontraron, en el Journal of Experimental Psychology: Applied, que la música clásica gustaba menos cuando se la presentaba como compuesta por una IA, aunque con música electrónica no hubo diferencia. Los autores no saben si la ausencia de efecto se debe al diseño o a que el público se está acostumbrando a la música generada con IA. El resultado no alcanza, entonces, para afirmar que la etiqueta sea indiferente.
Los límites
La etiqueta de IA se comparó entre grupos distintos de personas, un diseño menos sensible que el usado para la biografía, y el estudio pudo no tener potencia suficiente para detectar un efecto pequeño. Los participantes que leían sobre una IA inmoral quizás juzgaban a las personas que la habían creado, y no a la máquina. El diseño tampoco separa el juicio moral de un efecto más general de haber leído algo negativo justo antes de escuchar. Solo se probaron faltas contra el cuidado de los demás, no otras como el plagio o la deslealtad, y solo tres canciones de un mismo género.